Una pregunta para Xi Jinping

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En el transcurso de una de sus clases, M. llevó a cabo una actividad en la que se pedía a los alumnos que imaginaran que debían entrevistar a varios famosos: cantantes, futbolistas, presentadores… y Xi Jinping, presidente de la República Popular China desde 2013. ¿Qué les preguntarías? ¿Qué te gustaría saber? La tarea, pensada desde la mayor de las inocencias para practicar un tiempo verbal, suscitó una reacción inesperada. Varios alumnos se tomaron muy en serio la misión de entrevistar al presidente de la nación, y no pusieron límites a su curiosidad: ¿Por qué hay censura en internet? ¿Cuándo va a acabar esta censura? ¿Por qué los homosexuales no tienen derechos? ¿Es cierto todo lo que nos han contado sobre la historia de China?

Los jóvenes universitarios chinos son muy cautos a la hora de manifestar opiniones personales, o al menos eso estamos comprobando desde nuestra experiencia docente. La política, por lo general, no les despierta mucho interés, y cuando surge algún tema polémico, la mayoría se refugia en el silencio, o apenas se sale de la ortodoxia. Cabe recordar que en todos los cursos existen miembros del Partido Comunista, y según nos ha confesado algún alumno, entre las tareas que tienen encomendadas está la de dar cuenta de cuanto sucede en el día a día en clase.

La excepción suele venir de los estudiantes que están en su último año de carrera y han pasado el curso académico anterior o bien en Latinoamérica o bien en España. Hablo un día con X., una estudiante brillante, muy habladora y bastante despierta que ha estado el semestre anterior en Madrid. Allí ha cursado unas clases de Política internacional asiática, y yo, tratando de no evidenciar demasiado mi interés, le pregunto cómo se sintió en ellas. Me explica que no le sorprendió tanto lo poco que sabían sus compañeros sobre la historia de China, como lo poco que sabía ella: «Allí me di cuenta de todas las patrañas que nos han contado» (me gustó, y me sorprendió un poco, que conociera y que usara esa palabra, patraña).

Miles de estudiantes chinos cursan un año de estudios fuera de su país. Sacarles de la burbuja de acero y cristal en que se han criado y conformado sus ideas y opiniones comporta ciertos riesgos para las consignas impuestas por el Partido Comunista, como hemos visto en el caso anterior. Hace poco la prensa occidental se hizo eco de una noticia relativa a varios universitarios que habían firmado una carta abierta dirigida a sus compañeros de toda China para decirles qué pasó realmente en Tiananmén el 4 de junio de 1989. La carta empezó a circular por correo electrónico y redes sociales, pero fue varios días después cuando el gobierno cometió el desatino de publicitarlo al condenar su contenido en un artículo infame en el Global Times, órgano al servicio de la propaganda oficial. Esto tuvo como consecuencia que la misiva se «volviera viral», como dicen hoy en día. Merece la pena extractar algunos fragmentos (en este enlace se puede leer la versión en inglés):

Esta parte de la historia [de China] ha sido editada y ocultada con tanto esmero que muchos de nosotros sabíamos muy poco sobre estos hechos. Ahora que estamos fuera de China hemos tenido acceso a noticias, fotos y vídeos, y hemos escuchado los relatos de los supervivientes, sin restricciones. […] Cuanto más sabemos, más sentimos sobre nuestros hombros una gran responsabilidad. Estamos escribiendo esta carta abierta, queridos compañeros estudiantes en las universidades chinas, para compartir con vosotros la verdad y sacar a la luz los crímenes perpetrados hasta el día de hoy en conexión con los hechos de la Masacre de Tiananmén de 1989.

Manifestantes en la plaza de Tiananmén

La carta proporciona un amplio resumen de cuanto acaeció ese día de junio, dando los nombres de algunos estudiantes asesinados, para a continuación preguntarse sobre el alcance de la censura y el mutismo que siguen rodeando a estos hechos:

De unos pocos centenares a varios miles, muchas han sido las cifras que se han dado y tal vez nunca sepamos con exactitud cuántas personas murieron ese año en Pekín. Pero hubo personas que presenciaron muchos crímenes terribles, y probablemente tuvieran lugar muchos más en rincones apartados sin que nadie lo viera. Algunos testigos de los hechos han envejecido, otros han muerto, y muchos no se atreven a hablar a pesar de vivir a salvo en el extranjero. El gobierno chino jamás se ha atrevido a hacer público el número exacto de víctimas, y cuando hubo de explicar un acontecimiento histórico de tal magnitud, al principio lo presentó como unas «revueltas contrarrevolucionarias», y después, con el paso del tiempo, lo rebajó a la condición de «conflicto político», procediendo a un borrado sistemático de estos hechos de la memoria colectiva de toda una generación.

Tras mencionar que hay quien opina que estos hechos ocurrieron hace demasiado tiempo, y que ahora el país y sus ciudadanos gozan de mucha prosperidad, el autor de la carta se pregunta qué tipo de prosperidad es esa que implica una amnesia colectiva sobre la historia de su país, y reconoce, además, los riesgos a los que se exponen él y los demás firmantes al hacer público este texto:

Quien escribe estas líneas, así como los firmantes de la carta, saben perfectamente que habrá consecuencias por escribir y firmar esta carta. Pero esta es nuestra responsabilidad, y esperamos que vosotros, compañeros estudiantes de China, conozcáis esta parte de nuestra historia, y volvamos a examinar la violencia y las atrocidades cometidas por el Partido Comunista desde su fundación en 1921. […] No tenemos derecho a imponeros ninguna opinión ni a pediros que hagáis nada, pero sí tenemos un sueño: soñamos que, en un futuro no muy lejano, todos y cada uno de nosotros podamos vivir en un país libre de miedo, donde podamos recuperar nuestra historia y se haga justicia. Este es el Sueño Chino que tenemos; nosotros, un grupo de estudiantes chinos que estudia en el extranjero.

Gu Yi, estudiante autor de la carta, posa con una camiseta en apoyo a las Madres de Tiananmén

La respuesta del vocero del gobierno días después multiplicó, como escribí arriba, el alcance de la carta. El lenguaje del artículo adolecía del hediondo estilo de la neolengua tan característica de los ministerios de la verdad comunistas: «Fuerzas hostiles han captado a las generaciones más jóvenes», y les han «lavado el cerebro en el extranjero» sobre el «incidente de Tiananmén» con el objetivo de «desgarrar la sociedad china». Y es que, según este periódico, «la sociedad china hace tiempo que alcanzó el consenso de no debatir sobre el incidente de 1989».

En los cuatro días siguientes a la publicación de la carta, ésta fue firmada por cincuenta y un estudiantes; la noche en que apareció el artículo oficialista en Global Times, la cifra ascendió a más de cien. Después, Gu Yi, autor e impulsor de la carta, pasó a recibir cada día decenas de correos de estudiantes chinos, la mayoría para expresar su apoyo (Gu admitiría más tarde en una entrevista en The Wall Street Journal que ya no podría regresar a su país en muchos años) y emplazar también su firma. El gobierno, consciente de su torpeza, retiró el artículo del Global Times (el gobierno chino aplicándose la censura sobre sí mismo) en su versión en mandarín. La traducción inglesa se mantuvo.

Xi Jinping, presidente de China desde 2013

Un tiempo después, me propuse replicar en una de mis clases la actividad desarrollada por M. con sus alumnos para practicar las oraciones condicionales. Proyecté en la pizarra las fotografías de cuatro personajes famosos: Jin Xing (actriz, bailarina y presentadora transexual, conocida como «la Oprah china»); el actor hongkonés Andy Lau; Donald Trump y… Xi Jinping. Mis expectativas por ver qué preguntarían a su presidente se dieron de bruces con las preguntas que prepararon: «¿Qué se siente a ser el presidente del país?»; «¿Qué hace en su tiempo libre?»; «¿Qué se siente al estar casado con una cantante?»; ¿Cómo consiguen ser tan felices usted y su esposa?». Mi experimento frustrado de reproducir lo ocurrido en clase de M. me enseñó que para lograr abrir siquiera una leve brecha en la gran muralla de prudencia y censura que estos estudiantes —que ya de por sí se encuentran en la fase más insegura, creativa y vulnerable de su formación espiritual— se autoimponen por miedo a las represalias, son necesarios unos vínculos, un tacto y una intimidad que mi brusca pretensión había vuelto imposibles.

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