¿La violencia es la revolución?

Con 16 años me hice comunista. En mi ánimo de adolescente, siempre predispuesto a la rebelión, acabaron calando las menciones a las Brigadas Internacionales en las clases de Historia del instituto, a Marx en las de Filosofía, los versos de Alberti o Miguel Hernández en Literatura. Y, desde el principio, Cuba era la referencia, el ejemplo, el modelo a seguir, el bastión que debía resistir; «Todavía nos queda Cuba», clamaba en una película argentina una joven cuando los mayores constataban la derrota del marxismo. Poco después de mudarme a Madrid, milité durante unos meses en un grupúsculo marxista-leninista. Recuerdo la impresión que me causó ver en su sede el retrato de Stalin presidiendo la estancia; en esa época, mis (así lo creía yo) férreos principios eran la contracara de un tremendo batiburrillo ideológico en el que Lenin era bueno y Stalin malo; Unión Soviética (tirando a) mala, Cuba buena.

Una primavera, en el transcurso de una manifestación, escuché un sencillo cántico que contribuyó a romper el encantamiento. Marchábamos nosotros con enseñas republicanas, otras rojas con la hoz y el martillo y, por supuesto, banderas de Cuba. La manifestación era heterogénea, y en un momento dado, unos anarquistas empezaron a gritarnos: «¡En la isla de Cuba, hay una dictadura!», a lo que nuestro grupo replicó: «¡Viva Cuba socialista!», proclama a la que yo probablemente uniera mi voz. Y pese a la obviedad del reproche de los anarquistas (en la isla de Cuba hay una dictadura), o tal vez precisamente por eso, en mi cabeza se abrieron paso, imparables, muchas dudas e interrogantes que confluían en una pregunta: ¿Qué tenía que ver la libertad, la justicia o la igualdad con un régimen político que no tolera la libertad de expresión, de reunión, o que contempla la pena de muerte y acumula decenas de presos políticos?

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Reinaldo Arenas

Mi affaire con el comunismo concluyó, pues, muy pronto. Aun así, durante un tiempo conservé una doble moral a la hora de justificar ciertos excesos o pecadillos cometidos por los alumnos de Marx. Uno de esos capítulos tuvo que ver con la postura «revisionista» que parecía estar adoptando la prensa progresista ante la figura del Che Guevara y, por extensión, los primeros años de la revolución cubana. Se hablaba de la tolerancia del Che ante los cientos de fusilados que acumularon los barbudos tras tomar el poder, de la violencia desatada por los Castro contra derechistas, propietarios o religiosos. Yo estaba indignado. Vale que Cuba había degenerado en una dictadura atroz, pero, ¿el Che Guevara un asesino? ¿La Revolución del 59 un baño de sangre? A rescatarme de esta doblez habría de venir Reinaldo Arenas con su autobiografía Antes que anochezca (y, más tarde, gracias a varios viajes a Cuba e innumerables horas conversando allí con amigos y desconocidos).

Arenas tenía 16 años cuando triunfó la «Revolución», y él llevaba meses en las filas rebeldes. Más de cuatro décadas después, rememoraba la violencia que se desencadenó contra disidentes (reales o no), violencia que —confesaba— todos aprobaban, él incluido. En una ocasión, un campesino acusado de matar a un revolucionario iba a ser fusilado cuando, de pronto, irrumpió a gritos una mujer vestida de negro: era la madre del joven muerto, buscando que se apiadaran del asesino de su hijo. «Metedlo en la cárcel, castigadlo, pero no lo matéis». Nadie atendió sus palabras, y el chico fue fusilado entre el júbilo de los paisanos. Décadas después, Arenas: «¿Por qué la inmensa mayoría del pueblo y los intelectuales no nos dimos cuenta de que comenzaba otra vez una nueva tiranía, aún más sangrienta que la anterior? Quizá nos dimos cuenta, pero el entusiasmo de saber que se vivía ahora en una revolución, que se había derrocado una dictadura y que había llegado el momento de la venganza eran superiores a las injusticias y a los crímenes que se estaban cometiendo. Además, no solamente se cometían injusticias. Los fusilamientos se realizaban en nombre de la justicia y de la libertad y, sobre todo, en nombre del pueblo».

II

En una reciente visita a Hong Kong me hice con una valiosa trilogía que saldrá a relucir más veces en estos escritos: la historia de la China comunista escrita por el historiador holandés (residente en Hong Kong) Frank Dikötter, cuyo primer volumen se titula La tragedia de la Liberación (Historia de la Revolución china, 1945-1957). El libro comienza con un descubrimiento realizado en 2006 en Changchun, en el norte del país. Mientras se llevaban a cabo unas obras en el alcantarillado de la ciudad, los trabajadores toparon con huesos humanos apilados sobre sí. Poco a poco excavaron lo que resultó ser una enorme fosa común con miles de cuerpos. La principal hipótesis esgrimida por el gentío que se arremolinaba junto al lugar tras extenderse la noticia era que debían ser los cadáveres de las víctimas de la ocupación japonesa acaecida durante la Segunda Guerra Mundial. Pero una anciana tenía una versión muy distinta: se trataba de víctimas de la guerra civil entre el Partido Comunista y el Kuomintang (los nacionalistas de Chiang Kai-shek).

En mayo de 1948, las tropas comunistas lideradas por Lin Biao llegaron a las murallas de Changchun, hasta hacía poco una próspera ciudad industrial en la provincia de Manchuria que, tras la ocupación japonesa y la liberación por parte del ejército soviético, había quedado en manos de los nacionalistas. Tras notificar estos que no se rendirían, Lin Biao ordenó sitiar la ciudad el tiempo que fuera necesario. El 30 de mayo dio órdenes muy precisas: «Convertid Changchun en una ciudad de muerte». El ejército cavó trincheras y situó alambradas rodeando las murallas, con guardias cada cincuenta metros, impidiendo que la población civil abandonara la ciudad, forzada a comer hierbajos, insectos, raíces, incluso carne humana. Las bombas caían día y noche.main-qimg-c88356c4c8da3fccdc190c6eef97ebdc-600x394

Entre las murallas de Changchun y la alambrada se había creado un no man’s land, una tierra de nadie poblada por salteadores y bandas. A los refugiados les era imposible atravesar el cerco impuesto por los comunistas, pero tampoco tenían permitido cruzar de nuevo las murallas, quedando atrapados en medio. En un informe de Lin Biao remitido a Mao, explicaba que a menudo esos pobres diablos «se arrodillaban ante nuestros soldados rogando que se les permitiera el paso. Algunos dejaban a sus bebés y niños pequeños y se marchaban, otros se ahorcaban allí mismo. La moral de los soldados que presenciaban semejante miseria flaqueaba, y a veces se unían a la población en el llanto, o dejaban que escaparan. Después de corregir esto, descubrimos otra tendencia, y es que los soldados empezaron a apalear, atar y disparar a los refugiados» (las cursivas son mías; nótese que el comportamiento a rectificar era el de la empatía y solidaridad, el de la humanidad más elemental). A finales de junio, había treinta mil civiles en esa zona de muerte. Dos meses después, ya eran ciento cincuenta mil. La carne humana pasó a estar en venta: un dólar con veinte la libra en el mercado negro. Las familias se suicidaban.

El sitio duró 150 días. Murieron 160.00 personas de hambre y por enfermedad. «Changchun fue como Hiroshima», explicaba en un libro Zhang Zhenglong, coronel del Ejército de Liberación Popular en esa época. «El número de muertos fue más o menos el mismo. Lo de Hiroshima duró 9 segundos. En Changchun, cinco meses».

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El libro de Zhang, La nieve es blanca pero la sangre es roja, publicado en 1989, vendió cien mil copias antes de ser retirado de las librerías, incluido en la censura, y su autor detenido. A partir de entrevistas y documentos internos del ejército, Zhang rescataba de la memoria varios hechos acaecidos durante la guerra civil china sobre los que jamás se habla en los libros de historia, incluyendo la verdad sobre el asedio y conquista de Changchun, hoy jaleado por el relato oficial del Partido Comunista.

Dikötter habla de dos millones de personas asesinadas desde 1949 ―fecha en que termina la guerra civil― y 1951. Y concluye, citando al historiador Simon Schama: «La violencia era la revolución». ¿Ha sido siempre así? Los ejemplos proporcionados por la historia no invitan a estimar lo contrario. Pero, ¿tiene sentido continuar hablando de cuestiones tales como el equilibrio entre medios y fines, la coherencia entre la transformación social perseguida y la estrategia y los pasos para materializarla, toda vez desaparecida del horizonte la mera idea de «revolución», transformada en materia de estudio para la paleontología política?

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