Siempre sabremos reconocernos

Durante el tiempo en que estuvimos separados, mi mesa de trabajo estuvo gobernada por una fotografía de M. de niña sosteniendo una flor. En el reverso del marco, garabateadas en los instantes previos a nuestra despedida, dejó escrita una dedicatoria: Siempre sabremos reconocernos. Siempre sabremos quiénes somos en realidad. Semanas antes, yo había tenido una pesadilla. La Tierra había sido invadida por extraterrestres, y la amenaza que se cernía sobre la población era exponerse a perder la memoria. No sé si era un arma empleada conscientemente para eliminar o suplantar a la raza humana, o una consecuencia involuntaria de su invasión. Pero durante el sueño, el miedo que nos atormentaba a M. y a mí era el de olvidarnos el uno al otro; no te borraban la memoria de golpe, sino que se trataba antes bien de un proceso gradual, del que uno era consciente, y contra ese temor luchábamos ambos en el sueño.

Esta pesadilla volvió a mi cabeza cuando, con dos años de retraso, se estrenó en varios países occidentales Guīlái (‘Regreso a casa’), película ambientada en los últimos años de la «Revolución Cultural». Su director, Zhang Yimou, ya había situado Shānzhāshù Zhī Liàn (‘El amor bajo el espino blanco’) durante ese periodo que, de 1966 a 1976, sumió a China en un estado de frenesí criminal e histeria colectiva; pero si en el segundo caso la situación política era apenas el telón de fondo de la trama principal, en Guīlái pasa a un primer plano.

El filme nos muestra la relación truncada entre Lu y Feng, un matrimonio de profesores, al llevar el marido diez años prisionero en campos de trabajo acusado de derechista. Lu consigue escapar y trata de volver a ver a su esposa, pero su reencuentro se frustra tras ser entregado a la policía por su hija Dandan, de 13 años, que obedece a su voluntad de permanecer fiel al Partido. Tras la muerte de Mao en 1976, Lu es «rehabilitado» por las autoridades y regresa a casa, pero su mujer no lo reconoce; traumatizada por casi dos décadas de separación, por la delación de la hija, por las vejaciones sufridas, Feng padece un tipo de amnesia que por encima de todo le impide recordar el rostro de su marido. Toda la película se desarrolla en torno a la pugna entre los intentos de Lu por hacerse reconocer, la paz y el sosiego —y no la verdad— que parece anhelar Feng, y la culpabilidad de Dandan por el desgarro que ella misma provocó en el tejido más íntimo de la memoria familiar.

La película es conmovedora. El tacto con que se desarrolla, la soberbia actuación de Gong Li en el papel de la madre, la sutilidad del amor y las atenciones que le dedica Lu, todo ello contribuye a forjar un delicado equilibrio entre dolor y belleza. «La belleza es algo terrible», decía un personaje de Dostoievski.

(Es sorprendente la mezquindad de varios analistas que han querido ver en el filme de Zhang Yimou una obra «cobarde», un «melodrama barato» de tintes hollywoodienses que habría descuidado el análisis y la crítica política —que sí albergaría la novela en la que se basa— en favor de una historia sensiblera. Por un lado está el obvio factor de la censura, algo ya destacado por la autora de la novela, Yan Geling, quien al ser cuestionada por la decisión de Zhang de dejar fuera partes de su libro, exhortó a los críticos a «preguntar a los censores el porqué de estas omisiones». Pero, además, ¿acaso es indecente apreciar en las relaciones personales un refugio frente al poder totalitario del Estado, un islote de pureza y autenticidad en medio del vasto país de la mentira desconcertante en el que el Partido Comunista ha transformado a China desde 1949? ¿No constituye de por sí una poderosa crítica política?).

¿Qué hacer cuando los mecanismos de la doctrina y la propaganda imponen el olvido y crean una irrealidad donde incluso nociones como mentira y verdad terminan por perder pie? ¿Cómo identificar el nudo que permita amarrar los principios más elementales que ligan a dos seres humanos? En Regreso a casa se puede atisbar la preciosa fragilidad que entraña toda búsqueda de respuesta a esta pregunta; y al final, la verdad que se termina abriendo paso en la película es una verdad fingida articulada en torno a la piedad, como en la fábula china que evocara tiempo atrás el escritor francés Claude Roy:

«Un ciego de nacimiento quiere hacerse una idea del sol. ¿A qué se asemeja el astro? Alguien le contesta: a un plato de cobre. El ciego toma el plato entre sus manos, lo gira y le da unos golpes, y dice: “Ya lo comprendo”. Días más tarde, al escuchar el sonido del gong golpeado con el mazo por los monjes de un monasterio cercano, dice: “Eso es el sol”. “El sol se parece a esta vela”, le explica otro hombre. El ciego coge la vela, le da vueltas en sus manos, y concluye: “Así que esta es la forma del sol”. Entonces alguien enciende la vela y el ciego se quema un poco los dedos. “Ahora —dice— ya sé cuál es la verdad del sol: es un plato de cobre, un gong golpeado con un mazo, una vela, y una llama pequeña”. Quienes están cerca del ciego y tienen ojos para ver, saben que el sol no es un plato de cobre, ni un gong, ni una vela, ni la llama de una vela. Pero para no disgustar en vano al pobre hombre, le hacen creer que el sol es todo lo que no es, cobre, gong, vela, llama. Lo que demuestra que se puede no decir la verdad por ignorancia, por tozudez, por desidia, por astucia, o por vileza. Pero también por compasión».

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